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01 octubre 2006

Los peligros del alcohol (y la ausencia de sexo)

Ayer tuve una de esas noches en las que no le harías ascos a muchos de los tíos a los que ves. La razón (cómo no) era que me había tomado algunas copas y, sobre todo, que hace muuuuuuuucho tiempo que no me lío con nadie. ¡Qué triste es la vida de la soltera treintañera!
En realidad, la mayor parte del tiempo no me importa, pero cuando llevas más de un año sin acostarte con nadie... uf, se hace duro, la verdad. El problema es que resulta complicado conocer a gente nueva, sobre todo cuando no eres muy sociable y no hay cosa que te aburra más que las conversaciones tipo «estudias o trabajas». Así que empiezas a mirar a aquellos a los que tienes más cerca, a los que no les tienes que contar tu vida. Esto, claro, en realidad es peligroso, porque sabes que sólo te interesan para lo que te interesan, y luego, ¿qué?
Es lo que me pasó ayer. Empecé a pensar que no me importaría enrollarme con un conocido, una persona que nunca me ha gustado, pero que en algún momento mostró interés por mí. Afortunadamente, las circunstancias no hicieron que ninguno de los dos se lanzara, porque entonces probablemente este post de hoy sería el de una persona totalmente arrepentida.

21 mayo 2006

Las citas a ciegas

Ayer quedé por primera vez con un chico al que conocí por internet. La verdad es que no era la primera vez que quedaba con una persona a la que nunca había visto, pero sigo poniéndome nerviosa (cada vez menos, eso sí). Durante el día estuve bastante tranquila, tal vez un poco ansiosa, porque la verdad es que me apetecía que nos viéramos cara a cara... También estaba tranquila cuando salí de mi casa, pero calculé mal el tiempo y llegué cinco minutos antes, y él se retrasó otros cinco minutos, así que estuve diez minutos sola esperando.

Y eso fue lo peor, que empecé a sentirme insegura, empecé a pensar que a lo mejor no lo iba a reconocer (había visto un par de fotos, pero soy mala fisonomista), que a lo mejor en persona no me iba a gustar... Sabía que iba a llevar una camisa negra, así que cada vez que veía de lejos a un tío con una camisa negra pensaba que era él y me horrorizaba, su forma de andar, su ropa, su pelo... rezaba para que no fuera él. Afortunadamente los diez minutos transcurrieron y apareció, con sus vaqueros y su camisa negra, y no me horrorizó.